Cuando la pena de la madre es también la de sus hijos

11/04/2018 - Julia Dias

El ideal de maternidad y de infancia presentes en el imaginario social y el rol de cuidado que desempeñan las mujeres en la sociedad en nada son compatibles con las realidades de la cárcel. Sin embargo, esa es la situación de miles de mujeres y niños en el mundo y en Suramérica. La maternidad, el embarazo y la niñez entre rejas son situaciones que tienen diversas consecuencias en la salud física y mental de estas mujeres y de sus hijos, que se encuentran en extrema vulnerabilidad.

Imagenes del documental “Nascer nas prisões” de Bia Fioretti, disponible en YouTube

 

En Brasil, las mujeres embarazadas y madres de hijos hasta doce años ya no deben quedarse encarceladas mientras aguardan el juicio hasta la última instancia. Así lo ha decidido en Supremo Tribunal en una decisión histórica de habeas corpus colectivo. La decisión fue basada en las evidencias levantadas por un estudio de la investigadora de la Fiocruz, Maria do Carmo Leal, que entrevistó a 241 madres que dieron la luz en la cárcel.

El cuadro revelado es dramático. Aunque son minoría en las cárceles, las mujeres se encuentran una situación más precaria, ante una institución que no ha sido pensada para ellas. Desde 2000, la población carcelaria femenina a nivel mundial ha crecido a un ritmo mucho más rápido que la población masculina. Mientras el crecimiento entre los hombres fue de un 18%, la cifra femenina es de un 50%.

 

En Brasil, las mujeres en la cárcel son más de 37 mil, alrededor de 6,4% de la población encarcelada. En Colombia, más de 9 mil. En Ecuador, casi 3 mil. De estas, la mayoría tiene hijos. En Brasil, un 80% son madres y un 50% tienen más de cinco hijos. En Colombia, un 90% de las mujeres encarceladas de los principales centros urbanos son madres.

En general, las mujeres reclusas reciben menos visitas. En el momento mismo del parto, como reveló la investigación de Leal, no se respeta su derecho de tener un familiar como acompañante. Solo un 11% de las familias fueron notificadas del nacimiento. En un tercio de los casos, ellas estuvieron esposadas durante la internación, 8% de ellas incluso en el momento del parto.

El problema de las mujeres y madres en la cárcel es discutido mundialmente y es regido por la Reglas de Bangkok de las Naciones Unidas, aprobadas en el 2010. Este conjunto de recomendaciones tiene como objetivo respetar los derechos y la salud de las mujeres presas y de sus hijos. Entre los ejes conductores de la legislación sobre el tema están el principio de intrascendencia penal, por lo cual nadie debe pagar por los crímenes de otra persona, y el interés superior del niño, previsto en la Convención de los Derechos del Niño. Sin embargo, estos principios no son respetados en el caso de los hijos menores de edad que tienen a sus madres presas. En esas situaciones, la pena se extiende a toda la familia.

Marcos legales internacionales

Esta discusión también está presente en otros países de Suramérica. La decisión sobre qué hacer con los hijos de madres presas no es sencilla. En Colombia y Ecuador, las mujeres privadas de la libertad pueden permanecer con sus hijos en la cárcel hasta que cumplan 3 años. Sin embargo, en Colombia, según lo estipulado en el reglamento de la mayoría de los centros penitenciarios, cuando separados, ellas solo pueden verlos una vez al mes. En Brasil, ellas pasan los últimos meses de la gestación y los primeros meses de vida del niño solas en presidios especiales en los grandes centros urbanos. Cuando están en el interior del país, son trasladadas y se quedan casi sin visitas. Después que cumple un año, el hijo va a vivir con familiares o en centros de acogida.

Pero si dejar a los hijos lejos de las madres, que muchas veces son las jefas de familia, no parece una solución adecuada, dejarlos detrás de las rejas tampoco es lo que se recomienda para una niñez saludable. En Bolivia, los hijos suelen vivir con sus madres o padres entre rejas hasta la adolescencia. Como en otros países, en estos casos, ellos pueden salir, pero retornan para la cárcel en la noche. 252 niños, 160 menores de 14 años y 92 adolescentes, están en esta situación, según datos de la Defensoría de 2012. El Ministerio de Gobierno de Bolivia considera una “permisividad inexplicable” esa situación, que es ilegal, ya que la ley no permite que niños mayores de seis años vivan en la cárcel.

Este ambiente no es saludable para un niño. Faltan espacios adecuados, guarderías, pediatras, luz del sol, espacios verdes y hay muchas veces problemas de hacinamiento y de convivencia con otros presos. En la mayoría de las cárceles, mujeres embarazadas, lactantes y sus hijos no tienen la asistencia, el espacio, ni la alimentación adecuados.  En Brasil, ni los juguetes son permitidos para los niños que están con sus madres en las celdas, afirma Leal.

De todas maneras, las consecuencias para la salud de las madres y de los niños son tremendas. Apartados, ellos sufren más con problemas de salud mental, tales como depresión e hiperactividad, comportamiento agresivo, retraimiento, entre otros. Para algunas madres, los niños pueden significar un estímulo para buscar recuperarse y darles una perspectiva a su futuro. Asimismo, las cifras de depresión postparto son mucho más altas que en las mujeres en libertad. La tasa de transmisión vertical de enfermedades también es más alta, con una cifra de 4,6% para la sífilis en Brasil, por ejemplo, una enfermedad fácilmente curable.

Por sus perfiles marcados por la pobreza y la falta de instrucción, presas principalmente por delitos considerados menos graves, no violentos y de baja relevancia social, como el microtráfico, robos y hurtos, no representan un peligro significativo para la sociedad y podrían cumplir su sentencia en libertad, según la UNODC. Además, gran parte de ellas está a la espera de un juicio y no cuenta con sentencia judicial. Ese es el caso de un 70% de las mujeres encarceladas en Bolivia, por ejemplo.

Las leyes y jurisprudencias para que estos casos sean tratados con penas alternativas como la prisión domiciliaria ya existen en la mayoría de los países de la región. Por lo menos en la teoría. “Lo que falta es que se las cumplan”, destaca Leal.

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Referencias

 

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