Transgénicos: ¿progreso o retroceso?

09/03/2018 - Mario Camelo

Hace miles de años, cuando el planeta todavía era un lugar inhóspito y el ser humano sólo un cazador nómada, todos se alimentaban solamente de lo que plantaban y cosechaban y todo era natural y orgánico. A lo largo del tiempo, empezamos a domesticar los animales y las plantas y no paramos más. Desde el inicio de la producción agrícola como la conocemos, los alimentos fueron “seleccionados” por el hombre de alguna manera. No por una cuestión genética, sino por practicidad de producción. Hoy, básicamente todo lo que consumimos (incluso los principales cultivos agrícolas como arroz, maíz, trigo, soja y algodón) está hecho con algún tipo de intervención humana. Intervenciones estas que se adaptaron y se modificaron a lo largo del tiempo hasta llegar a resultados extremadamente sofisticados, dando origen a los organismos genéticamente modificados (OGM) o alimentos transgénicos.

El trigo salvaje, por ejemplo, tiene semillas en la punta del tallo que se alastran naturalmente cuando caen al suelo y germinan. Es así como la planta se reproduce. Ahora imaginemos una mutación genética que impida la quiebra del tallo. Por más que no sea “interesante” para la naturaleza, pues impide la reproducción de la semilla, esa misma mutación es buena para el agricultor, que podrá cosecharla más fácilmente y elegir dónde plantar el cereal. Este es sólo un ejemplo. Hay una infinidad de alteraciones genéticas, los llamados “eventos” que son aprobados y utilizados por la industria alimentaria para proporcionar conveniencia a los productores como la tolerancia a herbicidas, resistencia a insectos, más estabilidad, mayor resistencia a la sequía, etc.

Con el argumento de facilitar la producción para alimentar de forma más “apropiada” la enorme (y brutalmente creciente) cantidad de habitantes del planeta, la producción y el consumo de los OGM creció con mucha intensidad a partir de 1996, cuando comenzaron a ser producidos a gran escala, especialmente en Suramérica. Según el Servicio Internacional para la Adquisición de Aplicaciones Agro Biotécnicas (ISAAA), hoy, hay 185,1 millones de hectáreas de área transgénica en el mundo. Brasil, por ejemplo, es el segundo mayor productor, presentando cerca de 52,6 millones de hectáreas de área plantada, quedando atrás sólo de Estados Unidos, que tiene 72,9 millones. A continuación, viene Argentina, el tercer mayor productor del planeta, con 24 millones de hectáreas de OGM. La soja del país, por ejemplo, actualmente es 100% transgénica.

Esta producción desenfrenada proporcionó ventajas y rendimiento a los agricultores, pero también generó un debate caluroso sobre sus consecuencias. Algunos de los principales objetivos de los OGM, por ejemplo, siempre fueron la disminución del uso de plaguicidas y la biofortificación nutricional. Con la reducción del uso de defensivos agrícolas, supuestamente también disminuiría la cantidad de combustible necesario para el transporte, la pulverización y la emisión de contaminantes. Este aumento en el rendimiento permite que los agricultores utilicen menos tierra y gasten menos agua, contribuyendo así a una agricultura más sostenible. Sin embargo, en muchos casos, sucede exactamente lo contrario: una utilización mayor de plaguicidas y pulverización en las plantaciones, debido al hecho de que muchas plantas y semillas son resistentes a los herbicidas.

“El transgénico aumenta la seguridad de la cosecha, la tranquilidad del productor y todo eso hace con que aumente la cantidad y la producción. Por otro lado, también tenemos una serie de cambios ambientales, ecológicos y genéticos que el hombre podrá enfrentar en el futuro. Algunos ya están sucediendo. Cuando hay un principio de selección drástica como una nueva resistencia a una plaga, por ejemplo, se eliminan enemigos y genotipos. Al mismo tiempo, se modifica el ambiente. Mientras estas plagas desaparecen, otras comienzan a tomar envergadura, ya que no existe competencia. Con eso, se empieza a aumentar la peligrosidad de la otra plaga que estaba mascarada por el dominante. En Argentina, por ejemplo, ya empiezan a aparecer malicias que antes no eran dominantes.”, afirma Carlos Banchero, profesor titular consulto de la Catedra de Genética en la Universidad de Buenos Aires (UBA) y autor del libro “La Difusión de los Cultivos Transgénicos en Argentina”.

Por tratarse de un tema todavía muy nuevo, no existen estudios realmente concretos que aborden las consecuencias de los OGM y sus efectos a largo plazo para la salud. Mientras tanto, el debate sobre el tema crece, así como la producción y también los intereses de la grande industria agrícola para que este movimiento siga. Existen incluso evidencias de la presión desde la industria, en particular las empresas transnacionales, para influenciar e interferir en la investigación académica.

En Uruguay, por ejemplo, uno de los primeros países en aprobar la producción de transgénicos en nuestra región, hubo una gran discusión el pasado diciembre sobre la aprobación de 14 nuevas variedades de transgénicos. Para 10 de ellas, que estaban destinadas a investigación y estudios controlados, no hubo problema. Sin embargo, en las otras cuatro que serían para uso comercial, no hubo acuerdo tanto en la Comisión de Gestión de Riesgo (CGR) – organismo que regula el tema en el país – como en el gabinete ministerial. Los ministerios de Vivienda y Medio Ambiente (MVOTMA) y el de Salud Pública se opusieron a la aprobación por entender que aún no hay estudios suficientes sobre los posibles efectos de estos transgénicos y del uso de agroquímicos asociados.

“Tanto el MVOTMA como el Ministerio de Salud Pública nos opusimos a la liberación de esas cuatro variedades. No estamos en contra de los transgénicos en sí mismos, pueden ser muy positivos, pero hay que ver qué ocurre cuando se liberan en el ambiente. No hay suficientes estudios para saberlo y así lo planteamos”, dijo en la ocasión al Montevideo Portal la ministra de Vivienda y Medio Ambiente, Eneida De León.

En Brasil, en posicionamiento oficial de 2015, el Instituto Nacional del Cáncer (INCA) critica el aumento del consumo de agrotóxicos en el país y evalúa que el problema está relacionado al uso de transgénicos resistentes a herbicidas. El comunicado también cuestiona los efectos de los OGM para la salud de las personas a largo plazo. Por otro lado, el informe del Desarrollo Humano de las Naciones Unidas, lanzado en 2001 por el PNUD (Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo) citó a los transgénicos, en su momento, como una de las principales soluciones para acabar con el hambre que hoy día afecta a más de 800 millones de personas.

¿Quién está bien y quién está equivocado? ¿Existe peligro para la salud y el medio ambiente? ¿Quién debe regular eso? Sea cual sea la respuesta, el especialista del ISAGS en Determinación Social de la Salud, Francisco Armada llama la atención para una cuestión muy importante que tiene relación directa con el derecho a la Salud: el etiquetado de los OGM. “El derecho de las personas a estar informadas sobre el contenido de los productos distribuidos para el consumo humano incluye conocer si alguno de sus componentes tiene el carácter de transgénicos. El acceso a esta información es incluso independiente de la necesidad de continuar documentando la producción y/o el impacto del consumo de transgénicos en la salud de los humanos y otros animales”, afirma.

Lea los outros artículos de la edición de março de Salud al Sur

Compartir