VIH-SIDA en adultos mayores: los vulnerables invisibilizados

27/05/2019

Por Daniel Salman, Coordinador de Comunicación e Información

 

Desde su surgimiento hace más de tres décadas, el Síndrome de Inmunodeficiencia Adquirida (SIDA) apareció cargado de estigmas en relación a las personas viviendo con el Virus de Inmunodeficiencia Humana (VIH). Inicialmente estaba asociado a determinados grupos sociales como hombres homosexuales, usuarios/as de drogas inyectables y trabajadores/as sexuales. A largo del tiempo se diseminó globalmente alcanzando a individuos sin distinción de edad o sexo.

Si bien el perfil de los portadores de esta enfermedad se fue ampliando, haciéndolo cada vez más joven a la vez que más adulto, datos de la Organización Panamericana de la Salud señalan que “la epidemia de VIH en la región latinoamericana afecta de manera desproporcionada a ciertas subpoblaciones, incluidos hombres gays y hombres que tienen relaciones sexuales con otros hombres (HSH), mujeres transgénero y trabajadore/as sexuales. En América Latina, estos tres grupos de poblaciones clave representan aproximadamente la mitad de las nuevas infecciones en 2017”.

De acuerdo con ONUSIDA, a nivel mundial, las nuevas infecciones por el VIH en adultos y niños se han reducido en un 40 % desde el valor máximo de 1997. Si bien las nuevas infecciones por el VIH en los adultos se han estancado, ONUSIDA muestra también que no hay reducciones significativas. En América Latina el número anual de nuevas infecciones por VIH en adultos ha aumentado un 2 % desde 2010.

América del Sur, al igual que la mayor parte del mundo, experimenta un aumento acelerado de la expectativa de vida y de la edad mediana de su población. Los adultos mayores realizan   actividades que tal vez las generaciones anteriores no realizaban por limitaciones de salud, acceso a medicamentos, movilidad social y económica y hasta tabúes y prejuicios.

La prolongación de la expectativa de vida permite que, entre otras cosas, se prolongue la vida sexual de este segmento de la población y con ello un incremento en la exposición al VIH y otras enfermedades de transmisión sexual (ETS).

“Viejos” son los trapos y “abuelos” eran los de antes

El lenguaje y las palabras se mueven por sus inherentes subjetividades. Así como se cuestiona y/o se cambian ciertas palabras en su uso, por ejemplo, en asuntos de género y lenguaje inclusivo, hasta hace no mucho tiempo atrás era bastante común escuchar o leer sobre la tercera edad, los viejitos, los abuelos. Actualmente también pero no sin un llamado de atención por parte de los mencionados.

“Viejo son los trapos” comenta una profesora universitaria de 72 años ante un aula repleta de estudiantes. “¿Abuelo de quién? Si yo no tengo ni hijos”, reclama un hombre que ronda los 68 mientras juega al fútbol de playa junto a varios compañeros de generaciones más jóvenes.

Las cosas por su nombre, hablemos de adultos mayores. ¿Pero a quiénes llamamos de adultos mayores? ¿Qué edad debe tener una persona para ser llamada de adulta mayor? Según la Organización Mundial de la Salud (OMS), se considera adulto mayor al individuo con edad superior o igual a 60 años para los países en desarrollo y 65 años para los desarrollados.

“Estos aumentos considerables de población con más años de vida, que a veces pueden ser considerados una carga a los sistemas de salud, son también y principalmente una medida de su éxito en mantener a las poblaciones con expectativas de vida aumentada una vez que llegan a los 60 años”, destaca un estudio del Instituto Suramericano de Gobierno en Salud (ISAGS) que aborda los desafíos del envejecimiento poblacional para los sistemas de salud de la región.

Susana Cabrera, directora de Infecciones de Transmisión Sexual y VIH del Ministerio de Salud Pública del Uruguay, en declaraciones a Salud al Sur señala que “las políticas de prevención y campañas de educación sexual, se dirigen en general a los más jóvenes donde sin duda existe una mayor preocupación. Esto se asocia a que supuestamente es la edad en que existe mayor actividad sexual, así como mayor probabilidad de tener múltiples parejas y menor estabilidad en las relaciones personales. De esta forma, se torna necesario visibilizar la situación de los adultos”.

Para Cabrera “es importante destacar que cada vez hay más personas con VIH mayores de 50 años, no solo porque las personas pueden adquirir la infección a cualquier edad, o porque los diagnósticos pueden ser tardíos sino porque las personas con VIH pueden vivir muchos años con una expectativa de vida similar a las personas sin VIH gracias a los avances del tratamiento antirretroviral”.

En relación al diagnóstico tardío, la funcionaria del ministerio de Salud el Uruguay destaca que en ese país hay una proporción mayor en hombres.  “Mientras que las mujeres tienen más oportunidades de recibir un test de VIH por su mayor acercamiento con el sistema de salud (por ej. consulta ginecológica, PAP, embarazo) los varones suelen tener poco contacto con el sistema de salud hasta edades avanzadas. Esto se refleja en el promedio de edad del diagnóstico que en varones es de 40 años mientras que en mujeres es de 37 años”, señala Cabrera reflejando la realidad uruguaya.

Alessandra de Matos Santos, investigadora de la Universidad Abierta de la Tercera Edad de la Universidad Estadual de Rio de Janeiro (UERJ) y autora de un estudio sobre la “Vulnerabilidad de las mujeres adultas mayores al VIH” apunta que en Brasil “el aumento del número de los casos de VIH en la población de edad avanzada está asociado al envejecimiento de la población; al aumento de la supervivencia de las personas que viven con el VIH/SIDA y al acceso a medicamentos para problemas eréctiles, factores estos  que han permitido una  prolongación de la actividad sexual de las personas de más de 50 años”.

Si bien el estudio de Alessandra es de 2011, los datos del Boletín Epidemiológico de HIV/SIDA 2018 del Ministerio de Salud de Brasil confirman una tendencia en alza para este grupo etario en ese país. Entre las mujeres, la tasa de detección del virus presentó una caída en casi todas las franjas de edad, excepto en la de 60 años en adelante: en ésta, se observó un aumento de alrededor del 20% si se comparan los años 2007 y 2017. Si se analiza por género, la tasa de detección es prácticamente el doble en el caso de los hombres en comparación con las mujeres.

Jackie, la “anciana” de 49 años

Jackeline Romero, La Jackie, como todo el mundo la conoce en la ciudad argentina de Rosario pasó hace rato el promedio de 35 años de vida que tienen las personas trans en Argentina, promedio que cae a 32, por ejemplo en Brasil. Por eso se autodenomina como una “anciana”, una sobreviviente. Sobrevivió a la dureza de ser una trabajadora sexual la prostitución en la calle, a los maltratos de la policía y al diagnóstico de VIH en una época en que la expectativa de vida era incierta para los portadores de esta enfermedad, por entonces prácticamente desconocida. Era 1984 y Jackie tenía 14 años. Se convirtió en la primera trans diagnosticada con VIH en Rosario, la tercera ciudad más grande de Argentina. También en ese momento nació la activista LGBTI que es hoy.

“Cuando digo que me siento vieja, me refiero a que pasé ampliamente el promedio de vida de las personas trans y travestis, ya que nosotras no superamos los 35 años lamentablemente”, dice Jackie a través del WhatsApp para responder a Salud al Sur. Y agrega que “la transmisión del HIV en adultos mayores se debe a que este sector no tiene información en relación al tema, también influye la falta de conciencia a la hora de tener relaciones ya que a muchos les cuesta el uso del preservativo”.

Por su particular historia de vida, “la vieja” Jackie creo la red Diversa Positiva, organización no gubernamental que trabaja por la inclusión. De la misma participan no solo personas de la comunidad LGBTI sino también todas aquellas que se sientan identificadas en la lucha por los derechos humanos de las personas con mayor vulneración.

Adultos mayores y políticas gubernamentales 

En el análisis del ISAGS, fueron revisadas las características de las políticas públicas existentes enfocadas en la población de adultos mayores con énfasis en la salud. En relación a políticas concretas sobre el VIH el estudio destaca los casos de dos países: Bolivia y Guyana.

Bolivia: el Programa Nacional de VIH/SIDA es de carácter universal e incluye a los adultos mayores en todas sus actividades y prestaciones, las cuales abarcan diagnóstico, monitoreo y tratamiento con medicamentos antirretrovirales y apoyo nutricional. En el 2016 se reportó que el 54% de los atendidos son mayores de 50 años.

Guyana: los principales lineamientos estratégicos de políticas de salud para el periodo 2013-2020 se establecieron en el documento “Health Vision 2020” del Ministerio de Salud. Reconociendo la importancia del VIH/SIDA en Guyana, incluye un plan estratégico nacional que apunta a la eliminación del VIH en ese país para el año 2020 e identifica entre los grupos a ser atendidos a los adultos mayores con VIH.

Por otra parte, en Brasil, el Programa Nacional de Enfermedades Sexualmente Transmisibles y SIDA del Ministerio de Salud realizó en 2003 un estudio sobre el comportamiento sexual de la población de 60 años o más. Los datos mostraban que el 39% de este grupo tenía una vida sexual activa y que predominaban las relaciones heterosexuales con comportamientos de riesgo, en los cuales sexo desprotegido, con múltiples parejas y uso problemático de drogas y de medicamentos estaban presentes.

Estigmatización y prejuicios

La estigmatización y los prejuicios en relación al VIH son tan antiguos como la enfermedad.

El estudio del ISAGS concluye que a pesar de las amplias variaciones tanto en las características del envejecimiento poblacional como en el abordaje de políticas dirigidas a los adultos mayores entre los países de Suramérica, existen notorios aspectos comunes en materia de principios, estrategias e inclusive en la institucionalización de las intervenciones.

Por esos motivos el relevamiento sugiere adaptar sistemas de salud a poblaciones de edad avanzada, creando servicios que proporcionen atención integral y centrada en la persona adulta mayor y que se garantice su acceso. Es fundamental que el derecho a la salud sexual esté contemplado dentro de esos sistemas ya que el hecho de que existan adultos con una vida sexual prolongada es sinónimo de salud plena para todas y todos.

 

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